Hoy tenía que llevar a vacunar a Thor, y andaba un poco preocupada. Más que nada porque normalmente ir al médico o al veterinario, cuando me toca hacerlo sola, suele convertirse en una aventura. Sin embargo, todo ha sido hoy asquerosamente corriente. Salvo, quizás, cuando ya en el veterinario Thor ha visto la aguja y se ha convertido en el Perro Predilecto de la Niña del Exorcista. He tenido que ponerle un bozal. Sí, se lo he puesto yo, porque la auxiliar de veterinaria como que se ha negado un poco a acercarse.

No he tenido mayores dificultades para ponérselo, ni para luego quitárselo. Lo cual demuestra que los veterinarios también tienen problemas para manejar ciertas situaciones perrunas.

Por cierto, le ha hecho reacción y ahora anda mimoso y lloroso por los rincones. Menos mal que el otro día en la piscina de la urbanización de los padres de Ki le robé una pelota a unos críos de unos 13 años. Lo hice básicamente por amor a Thor y también porque soy mala persona, supongo, y disfruto robando a los niños.

Por lo menos mientras muerde la pelota no lloriquea.